Requiem por un librero ilustrado*
 

Hay en los porches del paseo de la Independencia, un punto, muy próximo a la calle de Cádiz que ya no será igual en la vida de Zaragoza. La librería “Lepanto”, poco después de la muerte de su dueño, ha desaparecido. Los libros expuestos en sus escaparates han sido, durante casi seis décadas, un decorado atractivo, un asiento del saber, un reclamo cultural. El transeúnte que se dejaba seducir por ellos entraba en una librería peculiar: nada de grandes superficies, nada de innúmeros empleados, nada de alardes tecnológicos; todo recoleto, íntimo, amable. El propio librero, José Fernández Mediano, o su auxiliar le recibían y atendían personalmente.

José se había licenciado en Derecho por la Universidad de Zaragoza en vísperas de la Guerra Civil. Pero, apasionado por los libros, dejó en los libros las leyes que había estudiado y consiguió que los propios libros, abriéndose así su horizonte a todos los conocimientos, fueran su vida y su profesión. Fundó una librería, en la que contó con la colaboración personal de su amigo Teófilo García; la bautizó con el nombre de Lepanto, como crisol de dos de los ideales que alentaron su vida; España y las letras cervantinas. Lepanto, con sus barcos, aparecía en el característico ex libris del establecimiento, que, adherido a cada volumen vendido, está extendido hoy por España entera. Pero Fernández Mediano era muchísimo más que un vendedor de libros. Hombre ilustrado, en posesión de una amplia cultura, conocedor de todos los volúmenes que le rodeaban, aconsejaba en la materia al visitante de su librería, ya fuera el más erudito catedrático o el ignorante más despistado. Su criterio seguro, su amena conversación, su fino sentido del humor  captaban el ánimo de su interlocutor.

Sí; el sentido del humor era consustancial en él. Durante muchos años se mostraban en la librería, enmarcados, dos chistes de Mingote. En uno, bajo el título “Libros prestados”, un caballero que señalaba a otro, como caso insólito, un libro que se veía dentro de una caja fuerte, entreabierta, decía: “Éste lo compré yo en una librería”. En la otra viñeta, dos señoras orondas conversaban mientras desempaquetaban los obsequios de navidad; y una exclamaba: •Lo he desenvuelto creyendo que era un regalo y resulta que es un libro”.

Me solía topar con estos dibujos cuando bajaba a ver a mi amigo Pepe; digo bajaba porque él solía estar en la parte de la librería que ocupaba el sótano mismo. Allí tenía también su pequeño despacho lleno de libros, carpetas y papeles, pero en el que todavía cabía, presidiéndolo, un gran retrato de su mujer Carmen -joven y guapa-, su amor siempre creciente desde los quince años y madre de sus hijos Mamen  (casada con Manolo), Pepa y Curro que completaban su familia feliz.

A ese despacho y subterráneo del establecimiento se descendía por una estrecha escalera semicircular de madera; los crujidos de los pasos del visitante anunciaban su llegada. Se penetraba así en el sanctosanctórum, envuelto en el silencio sapiente de los libros. Mas también ahí, por un tragaluz fijo que había hasta hace unos años en el techo, percibía el librero, en las pisadas de los peatones de los porches –al menos, eso le decía yo–, los latidos del corazón de su ciudad. La conocía, la vivía día a día, recordaba sus avatares, daba fe de sus cambios; también de los de España y del mundo, siempre con agudos comentarios y a menudo teniendo como telón de fondo el panorama de las letras y los libros. Cultivaba la amistad; con frecuencia se reunía con sus antiguos compañeros de Universidad, entre los que se contaban insignes juristas: Fernando Aísa, Gumersindo Claramunt, José Dufol… Amigos eran escritores que ví en ella, consultando volúmenes, firmando libros o participando en sus tertulias: José Luis Martín Descalzo, José María Cabodevilla, Vizcaíno Casas, Soledad Puértolas… Pasaban los años y José seguía atendiendo su librería diariamente. “No sé si vengo aquí porque estoy bien o estoy bien porque vengo aquí”, confesaba. La librería era su vida, porque amaba los libros, y hasta tal punto los mimaba que, en determinadas conmemoraciones, se resistía a exponerlos en la calle para evitar su deterioro. Y él  continuaba como siempre: lúcido, optimista, sin perder su aire juvenil (ni un pelo de su cabeza), ¡fumando incesantemente! Un día, mientras conversábamos en su despacho, encendía como de costumbre un pitillo tras otro. Era jocoso ver cómo sus noventa años cumplidos refutaban de plano los terribles augurios de la cajetilla que descansaba en la mesa: “Fumar acorta la vida. Fumar puede matar”. Pero, en fin, todo viviente deja un día de existir.

Poco antes del cierre definitivo de Lepanto, ya sin mi amigo, compré ahí unos libros. Leí en uno de ellos que “un armario de libros es el más hermoso de los jardines”. Luego ¿qué será no un armario, sino una libraría entera? Al desaparecer la de Fernández Mediano, ¿qué no ha perdido Zaragoza?

* El autor publicó este artículo en Heraldo de Aragón tras hacerse público el cierre de la librería Lepanto.

 
Patricio Borobio Navarro. Abril 2006
 
   
 
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